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Humor dominical

Pero advierto con alarma que me arrastra la deformación profesional de haber sido profesor, cosa jamás se quita, lo mismo que haber sido de las cuatro letras.

. Catón
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¿Se puede mentir con la verdad? Esta pregunta es demasiado seria para ser planteada en día domingo. Las mañanas dominicales son para oír música de Mozart, y las tardes para escuchar a Debussy, no para hacer preguntas que pongan a pensar. Pensar es un ejercicio de entre semana. El pensamiento es capaz de arruinar algunas gratas horas. Los mayores héroes de la literatura española -don Quijote; don Juan- fueron grandes porque no pensaban; en el momento en que empezaron a pensar empezaron a morir. Pero advierto con alarma que me arrastra la deformación profesional de haber sido profesor, cosa jamás se quita, lo mismo que haber sido de las cuatro letras. Eso se lleva como se lleva un lunar, según dijo el gran Álvaro Carrillo, chapinguero por cierto, o sea graduado de agronomía en la prestigiosa Universidad de Chapingo, donde tuve el honor de perorar alguna vez. Retomo el hilo de mi deshilvanado texto, y vuelvo a preguntar: ¿Se puede mentir con la verdad? La historia que narraré en seguida parece decantarse por la afirmativa. Cierto individuo cuyo nombre no diré, pues todavía anda por ahí con una larga cauda de hijos y de nietos, pasó una tarde memorable con una amiga suya de excelentes prendas físicas que además sabía manejar con supereminente habilidad. Llegada ya la noche, y agotadas sus capacidades, el hombre se vistió para ir a su casa. Al salir restregó fuertemente la suela de sus tenis en el césped y el lodo del jardín de la chica. Llegado que fue a su domicilio su esposa le preguntó, encrespada: “¿Dónde estuviste toda la tarde? Nunca me contestaste el celular”. Respondió el tipo: “Te respeto demasiado para mentirte. Estuve en casa de una amiguita mía. Con ella hice el amor durante horas. Recorrimos todo el abecedario de la pasión sensual. Incluso inventamos algunas letras nuevas. Aquello fue un espléndido delirio erótico; el culmen y plenitud del sexo”. “¡Mientes, canalla! -ripostó hecha una furia la mujer-. ¡Me habías prometido que ya no perderías el tiempo jugando al golf, y te pasaste toda la tarde en el Club Silvestre! ¡Mira cómo traes los tenis!”. Lo dicho: Se puede engañar con la verdad. Don Cucurulo tenía 60 años, la misma edad de su mujer. Cierto día, buscando en el desván de la mamá de ella, dieron con una lámpara de forma extraña. La señora la frotó para limpiarla, y apareció un genio del Oriente. “Me han liberado de mi prisión -les dijo-. A cada uno le concederé un deseo”. Ella pidió viajar por el mundo. ¡Plaf!, vio en sus manos un montón de boletos de avión, barco y ferrocarril para ir a todos lados del planeta. Don Cucurulo, entusiasmado, dijo: “¡Yo quiero una mujer 30 años menor que yo!”. ¡Plaf!, se vio convertido en un anciano de 90 años de edad. Cornaldo llegó al Cielo. Declaró, orgulloso: “Jamás engañé a mi mujer”. San Pedro lo felicitó. “Por tu fidelidad tienes derecho a andar en un coche de lujo, convertible”. Y se lo entregó. Poco después el portero celestial lo vio llorando. Le preguntó la razón de su pesar. Respondió Cornaldo, gemebundo: “Acabo de ver pasar a mi mujer. Iba en bicicleta”. Un hombre joven acudió a la consulta del doctor P. Itardo y le dijo que le dolía continuamente la cabeza. “Lo mismo me pasaba a mí -comentó el facultativo-. Cuando me acometía la migraña, jaqueca, hemicránea o cefalalgia metía el rostro en el busto de mi esposa, y su tibieza y suavidad me aliviaban prontamente”. El paciente le aseguró que seguiría la receta. Al día siguiente regresó y le informó al galeno que había hecho lo mismo, con excelentes resultados. Añadió: “Por cierto, doctor, tiene usted una bonita casa”. FIN.

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