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El péndulo historiográfico

En esa misma década, Fukuyama anunciaba el triunfo de las democracias liberales y de la economía de mercado.

Óscar Serrato

La historia se repite, sentenció Marx: La primera vez como tragedia y la segunda como farsa, parafraseando a Hegel. El péndulo historiográfico rara vez regresa al mismo lugar. En 1997, México alcanzó lo que parecía ser un gran cierre del periodo autoritario. El Congreso dejó de ser una extensión del Ejecutivo y del partido en el poder. Se materializaba el añorado contrapeso legislativo frente a la Presidencia imperial, dando paso a la construcción de instituciones y a una incipiente separación de poderes. La alternancia no dio los frutos esperados. Observamos bajo los gobiernos de alternancia la misma frivolidad, autoritarismo y corrupción.

En esa misma década, Fukuyama anunciaba el triunfo de las democracias liberales y de la economía de mercado. Lo que parecía ser un inevitable triunfo de la democracia ante la alternancia en el poder de 2000, resultó ser uno de los extremos de un péndulo que hoy vuelve a oscilar hacia la concentración del poder, aunque bajo una fenomenología distinta a la que prevalecía bajo el viejo régimen. Hoy tenemos a una Presidencia que ha concluido con la eliminación de los contrapesos institucionales para ponerlos bajo la órbita y subordinación al Poder Ejecutivo.

La aspiración de una democracia funcional pervive. No obstante que hay quienes afirman que estamos ante la reinstauración de aquel Maximato de los años treinta, yo me aventuraría a sostener que estamos ante algo distinto. Quien manda se asume como líder moral e interviene en los grandes temas a través de operadores en los tres poderes de la Unión y los organismos autónomos que aún sobreviven.

Ya no es necesario vivir enfrente para marcar las directrices. No estamos ante una Presidencia imperial en el sentido clásico de aquella dictadura perfecta. La disciplina corporativista de aquel régimen no existe en la coalición gobernante. Estamos ante una nueva forma de concentración de poder, con consecuencias similares a las de aquella dictadura. Un Gobierno plebiscitario que se legitima mediante la ratificación cotidiana de la opinión pública y construye diariamente su agenda mediante propaganda. Los gobernadores -especialmente los oficialistas- han dejado de ser factores de gobernanza, convirtiéndose en simples cámaras de eco cuya legitimidad y marco de acción se limitan a replicar la narrativa oficial o a firmar desplegados de apoyo.

El péndulo bajo el cual deberíamos analizar el contexto actual no oscila simplemente entre izquierda y derecha. Se mueve entre autoritarismo y libertades, entre construcción y captura institucional, entre ética y escenografía. Cuando la escenografía domina, la repetición sustituye a la demostración y la emoción desplaza a la evidencia. La gobernanza ya no gira alrededor de las capacidades de quien ejerce el cargo; gira alrededor de una escenografía cuyo fin es aparentar.

La verdad completa es inalcanzable. Podemos aproximarnos a ella mediante la crítica constructiva y el desacuerdo honesto. Una sociedad libre para cuestionar tiene mayor capacidad de corregir el rumbo. Una que no puede hacerlo, está condenada a perpetuar sus errores.

La cobardía es el peor de los pecados. Coincidimos hoy en señalar la polarización que domina la conversación pública y que nos impide dialogar como iguales para encontrar las coincidencias que el País necesita. No considero que todos los actores sean malvados ni corruptos. Y vaya que los hay. La ausencia de diálogo constructivo cada día nos acerca más al fracaso. La inacción, ya sea por temor, complacencia, complicidad o convicción, ya no es opción. Habrá quienes postulen que es más importante evitar una ruptura o incomodar señalando que el emperador va desnudo, que reconocer la evidente degradación de las conversaciones públicas de posibilidades, donde cada extremo del péndulo defiende su visión como la única auténticamente verdadera y virtuosa.

La delgada línea entre prudencia y cobardía se traza entre reconocer la verdad y la preservación personal.

El dilema weberiano entre responsabilidad y convicción puede ser válido en tiempos normales. No es, a mi juicio, el que hoy podemos aplicar de buena fe. Las circunstancias exigen definiciones más claras. El gradualismo hoy representa la cobardía de no querer hacer lo necesario. Reconozco que la política no es un monasterio.

La ambición, el pragmatismo maquiavélico y la búsqueda de riqueza y acumulación de poder son datos dados. No existen políticos desinteresados. Una vez reconocido esto, es importante tener distinciones claras entre las impurezas de monasterio y los robos en despoblado. La acumulación patrimonial injustificable desde el servicio público es indefendible, y es por ello que los mecanismos de propaganda de ayer y de hoy buscan ofuscarla.

Si es verdad que la historia no avanza en línea recta, no podemos descartar el regreso de un Maximato, de la presidencia imperial, de la dictadura blanda de un partido hegemónico, ni el regreso a un proceso de construcción de instituciones liberales. Lo que ya no podemos ignorar es que nos encontramos en una encrucijada de retos internos y presiones externas que exigen grandes definiciones y unidad. Unidad entendida como construcción de acuerdos. Es intransitable sostener la posibilidad de unificar exigiendo saltos al vacío fundamentados en una confianza ciega en quienes hoy gobiernan o en quienes en el pasado lo hicieron. La historia los descalifica a ambos. El futuro no se construye sobre nostalgia ni sobre fe ciega.

No pido pureza, sólo pudor y escrúpulos.

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Serrato Óscar F. Serrato Félix es padre de tres, ciudadano, empresario, analista y optimista.

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