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Antes de jurar

A pesar de haber vivido en siglos distintos y representar corrientes de pensamiento diferentes, ambos coincidían en una advertencia fundamental

Óscar Serrato

CASCABEL

Los políticos buscan un nuevo traje para una práctica antigua.

Hannah Arendt sostenía que la legitimidad democrática emana del poder que surge cuando los ciudadanos actúan juntos en libertad y en condiciones de igualdad. Para ella, el poder en una democracia no es ni personal ni institucional; es colectivo y relacional. No reside en gobernantes, partidos, leyes o instituciones, sino en la capacidad de los ciudadanos para participar activamente en la vida pública. En consecuencia, sólo puede sostenerse mediante la deliberación, el pluralismo y el debate público.

Søren Kierkegaard, un siglo antes y sin ocuparse directamente de la política, sostenía que la verdad no es objeto de votación ni de consenso mayoritario. Pertenece al individuo bajo su responsabilidad, conquistada mediante la elección personal y la apropiación subjetiva. Reflexionando sobre esa entidad abstracta, sin rostro, que todos invocan y nadie encarna -a la que llamó “el público”- advirtió que la multitud suele ser refugio de quienes buscan diluir su responsabilidad moral. Señalaba los riesgos de una prensa que no informa sino que disuelve, que no aclara sino que ahoga la voz singular.

A pesar de haber vivido en siglos distintos y representar corrientes de pensamiento diferentes, ambos coincidían en una advertencia fundamental: Una prensa con fines propagandísticos y orientada a crear deliberadamente una “opinión pública” destructora de la individualidad. Arendt porque hace imposible distinguir entre verdad y mentira; Kierkegaard porque la conciencia sólo puede ejercerse en soledad. La primera como observadora del espacio público; el segundo desde la teología de la elección.

Ambos alertaron sobre el mismo riesgo: Una masa que no piensa, que sólo repite.

El ciclo electoral de 2027 comenzó anticipadamente. Morena publicó su convocatoria para designar defensores, en los hechos candidatos a Gobernador, en las 17 entidades donde habrá relevo, bajo el eufemismo de “Coordinaciones de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional”. Un mecanismo diseñado para cumplir la letra de la ley, violentando su espíritu. En marzo pasado, el PRI presentó sus propios “Defensores de México”. Acción Nacional modificó estatutos para abrir sus filas a candidaturas ciudadanas y pasar la designación a encuestas internas.

El resto de los partidos emula a quienes se adelantaron. Cada uno construye una ingeniería política para anticiparse a la competencia sin reconocerlo. Los aspirantes ya declararon su intención de participar y ser considerados por sus partidos.

El problema no es jurídico, es ético.

Kierkegaard postulaba dos maneras de habitar la existencia: La estética que vive de apariencias, del rol disfrutado sin compromiso, de esa posibilidad que nunca se vuelve responsabilidad; y la ética, que elige y carga con la responsabilidad de haber actuado. Lo que hoy en día observo es el triunfo de la estética sobre la ética. Las leyes, reglas y pudor pasan al olvido, lo importante es aparentar legalidad.

Bajo este rasero debemos evaluar a quienes hoy se presentan como aspirantes, esos que abanderan los anhelos y posibilidades de todos. ¿Qué nos revela sobre la autenticidad y el carácter público de cada uno de ellos y de las organizaciones políticas que los impulsan? ¿Qué nos dice de los líderes sociales que, conscientes de la simulación, concurren voluntariamente a aplaudir la puesta en escena?

Arendt y Kierkegaard nos ayudan a responder estas preguntas; ella desde la óptica de la legitimidad; él desde la verdad y la responsabilidad del individuo ante ella. Ambos, a pesar de sus diferencias, coinciden en lo fundamental: La apariencia de legalidad por encima del compromiso con las normas no produce, para ella, legitimidad; ni, para él, verdad.

Arendt cuestionaría la legitimidad de un proceso que busca, desde su arquitectura misma, evitar el debate y la deliberación informada para sustituirlos por consensos previamente construidos. Kierkegaard, en cambio, concentraría su atención en la responsabilidad individual y el compromiso con la verdad de cada aspirante, dirigente y ciudadano que decide participar en él: La mayoría, casi siempre, prefiere pertenecer a la multitud antes que asumir el costo de pensar y actuar por sí misma.

En la esfera pública, en el actuar de quienes hoy gobiernan, predomina la estética sobre la ética.

La estética, una vez entronizada en el poder, no tiene razón para abandonarse a sí misma. Quienes hoy gobiernan llegaron al poder mediante prácticas similares a las que hoy observamos: La consulta que ratifica sin deliberar, el consenso fabricado antes de formular la pregunta, la apariencia de legalidad por encima del compromiso con las normas.

Suprimir el debate informado no es una aberración, es la intención.

Cada asamblea informativa, cada encuesta dirigida, cada tertulia que finge no ser mitin, cada entrevista pagada cumple un solo propósito: Evitar la deliberación; que demos por hecha la designación, que asumamos que la responsabilidad no nos corresponde y que debemos resignarnos porque así es siempre.

La legitimidad de estos procesos no se recupera con un simple rediseño institucional. Sólo es posible reconstruirla cuando el ciudadano deja de ser público y se convierte en persona: Cuestionando antes de ratificar, eligiendo antes de pertenecer y asumiendo que ningún voto nos libera de la responsabilidad de pensar y actuar éticamente.

¿Cómo entusiasmarse ante quienes buscan gobernar si, en el acto primigenio de su búsqueda del poder, estiran los límites de aquello que, de ser exitosos, jurarán defender?

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Óscar F. Serrato Félix es padre de tres, ciudadano, empresario, analista y optimista.

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