Coreografía
México vive una paradoja incómoda: Nunca había sido tan importante para Estados Unidos y nunca había desaprovechado tanto esa ventaja.

Casi cada mes se repite la coreografía. La presidenta Claudia Sheinbaum se sienta con empresarios, líderes de la inversión privada, cámaras y consejos. Hay fotos, aplausos y promesas. Se anuncian nuevos montos, nuevas “estrategias”, nuevas versiones -cada vez más recicladas- del Plan México. Se vende optimismo. Se invoca el “nearshoring”. Se jura crecimiento. Y, sin embargo, el País no despega. Los anuncios no se convierten en inversión. La inversión no se convierte en crecimiento. El ritual se repite; el resultado, no.
México vive una paradoja incómoda: Nunca había sido tan importante para Estados Unidos y nunca había desaprovechado tanto esa ventaja. Somos el principal socio comercial de EE.UU, el eslabón clave de la relocalización industrial, el país con geografía privilegiada y mano de obra abundante. Pero la economía está aletargada, somnolienta, con un pulso apenas perceptible.
Las cifras son un balde de agua fría. En 2025, el crecimiento del PIB alcanzó sólo 0.7%, frente al año anterior de 1.1%, y esto mientras el Gobierno insistía en que podríamos llegar a 1.5%. En los primeros siete meses del año pasado, la actividad económica acumulada fue de 0.1%. El oficialismo celebró el dato del PIB -apenas por encima del margen de error- como si no revelara una situación delicada.
¿Por qué esta desconexión entre discurso y realidad? Porque el principal obstáculo al crecimiento no es un misterio global ni una conspiración externa. Es una decisión doméstica: La incertidumbre convertida en política pública. Una incertidumbre propiciada en el propio Gobierno y se filtra por la vía fiscal, judicial y regulatoria, hasta
volver tóxica cualquier apuesta de largo plazo. Ahí están los resultados: Semar declara desiertos los concursos para concesionar durante los Dos Polos de Desarrollo para el Bienestar en Chiapas.
La inversión lo delata. Tras meses de contracción, en noviembre se recuperó con un crecimiento mensual de 0.4%, aunque mantuvo una caída anual del 5.7%. La privada es menor que en 2024; la pública, un desastre. Sin inversión no hay crecimiento. Y no hay inversión cuando el Estado juega a la ruleta con las reglas.
El mensaje fiscal que hoy reciben empresarios -excepto los privilegiados y protegidos por el régimen- es sencillo y alarmante: Cumple hoy y quizá mañana cambien la interpretación; planea con cuidado porque el criterio puede ser retroactivo; confía, pero ten liquidez por si llega una auditoría interminable; invierte, pero prepárate para litigios largos y costosos. No se trata de si las empresas deben pagar impuestos -claro que deben-, sino de cómo se cobran, cuándo y con qué reglas. Nadie invierte a ciegas o ante cambios constantes.
A eso se suma un clima institucional cada vez más frágil: Reforma judicial, desaparición de contrapesos, debilitamiento del amparo, tentaciones de retroactividad. Todo eleva el costo percibido de invertir en México. Y ocurre justo cuando se acerca la revisión del T-MEC en 2026. El reloj corre; el Gobierno titubea.
El telón de fondo fiscal empeora la escena. El déficit público en 2025 fue 4.8% del PIB. La deuda ya equivale a 57% del PIB. La “consolidación” se logró a machetazos: Desplomando la inversión pública. Las presiones no desaparecen: Pensiones, subsidios, transferencias. Una mitad es obligación legal; la otra, obligación política. Para sostener su base electoral, el Gobierno necesita recursos. Y esos recursos salen, cada vez más, de sacrificar el futuro productivo del País.
Ésta es una de las mayores debilidades del inicio del sexenio de Sheinbaum. No sólo económica, también política. Un Gobierno que presume diálogo con empresarios pero desconfía de la inversión privada; que promete certidumbre mientras fabrica incertidumbre; que anuncia planes sin corregir los incentivos que los vuelven inviables; que se reúne con economistas independientes después de que el daño ya está hecho.
México no carece de oportunidades. Carece de reglas creíbles. La geografía abre puertas; las inversiones deciden si se cruzan. Mientras el Gobierno siga espantando a la inversión -por acción u omisión-, los anuncios seguirán siendo eso: Ruido. Mientras el Gobierno siga confundiendo la puesta en escena con la certidumbre y la predecibilidad, la inversión seguirá esperando fuera del salón. Porque lo que hoy se repite no es una estrategia de desarrollo, sino una coreografía vacía: Mucho movimiento, mucha música, muchas fotos. Y un baile que lleva a alguna parte.
Denise Dresser
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